Pongamos que hablo de…

Pongamos que hablo de…

Escribo este post casi por obligada por las circunstancias. Aunque si me pongo trascendental, diría que por una extraña conjunción de astros que ha tenido lugar este fin de semana y que no me ha dejado más salida. Todo eran señales. Así que después de un mes resistiéndome, aquí estoy dispuesta a divagar sobre Cataluña. Digo divagar porque intentaré que no me pueda la pasión ni la sinrazón y porque, como en otros muchos asuntos, no tengo propósito alguno de sentar cátedra ni me siento en posesión de la verdad absoluta. Pongamos que hablo, únicamente, de lo que he vivido estos días atrás.

Cuando los independentistas empezaron a tensar la cuerda ante el inmovilismo de Rajoy, la menda lerenda se fue a un concierto de Manel (grupo catalán, para quien no lo sepa) durante las fiestas de la Melonera en Madrid. Aparte de para disfrutar de lo que más me gusta en el mundo (¡viva el ambiente verbenero!), para ver si se liaba. Pero nada, todo un remanso de paz y convivencia entre madrileños, catalanes y todos los forasteros que vivimos en la capital tarareando ‘I em puja la serotonina’. Ni siquiera los castellers que hicieron acto de presencia provocaron el más mínimo rechazo. Aplausos y vítores, por lo que mi esperanza de que todo se solucionaría antes de ese intento ilegal de referéndum y de que no llegaría el anunciado choque de trenes aún estaba intacta. “Mira que eres ingenua, Anita”, que me diría mi madre.

El caso es que hasta el 1-0 no fui plenamente consciente de lo que estaba pasando. Las imágenes de las cargas policiales, de las urnas en plena calle y sin garantías, de los insultos y escraches a los agentes… todo ese despropósito me provocó un nudo en el estómago del que aún hoy no me he librado. El vertiginoso ritmo de los acontecimientos durante la semana pasada no ha contribuido a que se me quite, cosa que, por otra parte, me sirve para tener contenta a mi nutricionista.

He llegado a pensar que este sentimiento de tristeza generalizado que tengo sea tan sólo debido a la montaña rusa hormonal de cada mes, a la constatación de que se acabó el verano pese a estos cansinos 30 grados o, por qué negarlo, a que la vuelta a la rutina ya ha hecho acto de presencia en mi vida aunque me empeñe en burlarla con planes y más planes de aquí a Navidad.

Pero lo cierto es que no me hallo, que siento pánico cada vez que observo cómo este país se desmorona por culpa de una panda de gobernantes que, además de estar invalidados para encontrar una solución por ser los causantes del conflicto, aúnan todos los méritos para ser tachados de cipotudos, ese calificativo tan de moda entre periodistas y tertulianos y que a mí, perdonen que les diga, me da risa escuchado en según qué bocas.

En fin, que ojalá esto no fuera una cuestión de ver quién la tiene más larga como ha dicho, y creo que muy acertadamente, el actor Ricardo Darín, a quien (¡oh, no, casualidad!) me encontré el sábado noche porque las estrellas así lo quisieron.  O, por qué no, ojalá esto se solucionara con una huelga de sexo como en la ‘Lysístrata’ que fui ayer a ver al teatro y en la que no faltaron las referencias a los irracionales discursos patrióticos entre pueblos hermanos (Disculpen, pero he perdido ya la cuenta de las veces que el azar me ha hecho estar aquí tecleando).

Ayer por la mañana, en un afán por reconciliarme con el género humano, apagué la radio y me dispuse a leer unos relatos que tenía pendientes. En uno de ellos, el autor (¡coño!), hablaba de la pobreza y hambruna que sufrieron nuestros abuelos e incluso nuestros padres durante su infancia como consecuencia de la Guerra Civil, cuyas heridas, por mucho que algunos se empeñen en negarlo, aún están por sanar.

Y, ¿saben qué? También tuve ocasión de comprobarlo este fin de semana. Aún resacosa, me acerqué a la concentración convocada bajo el lema de ‘Parlem, Hablemos’ en Cibeles. Lo que me quedaba de alcohol en las venas se diluyó de golpe cuando un grupo de unas 20 personas con banderas españolas procedentes de la Plaza de Colón (donde se había convocado otro acto en contra del referéndum de Cataluña) empezaron a provocar a los presentes al grito de ‘Viva España’ o ‘Yo soy español’. Como si los que estuviéramos allí no lo fuéramos.

Escuché silbidos y mi instinto periodístico se agudizó. Me acerqué a la barrera policial y vi cómo un señor de unos 70 años y el brazo en alto nos llamaba terroristas y asesinos mientras empujaba a otro hombre, al que la policía protegió mientras intentaba calmar al primero. La gente le respondió gritando ‘Menos banderas y más conversación’ pero, ante su insistencia en criminalizar a todos los presentes, un joven le gritó fascista.

Et voilá! Ahí estaban otra vez las dos Españas y, con ellas, mi miedo a que todo se repita.

Os aseguro que, sin haberlo planeado, acabé el día del sábado en el cine viendo ‘Verano, 1993’. Sí, esa película en catalán que ha sido escogida para representar a España en la carrera hacia los Óscar. Una joyita que transcurre lentamente en una masía y cuyo final sólo sirvió para hacerme perder otro kilo (seguro que de sólo de agua, que la grasa no se va tan fácil la jodía).

Esa noche quise volver a ser la niña del verano de 1993, la de los rizos al viento y mirada despreocupada. No recuerdo bien qué hicimos, pero seguro que había piscina, mar y sol, como siempre. Puede que fuera el verano en que viajamos hasta Andorra para ver a mis tíos, otros de tantos andaluces que emigraron en busca de trabajo a Cataluña y alrededores.

Pero por mucho que lo intenté, no pude volver a mi yo de nueve años. Y lo que es más descorazonador, tampoco al verano de hace tan sólo un mes.

Siento que hace 30 días aún había remedio. Quizás entonces, después de tensar mucho la cuerda como la niña protagonista de la película, nos hubiésemos dado cuenta, todos, de nuestra propia realidad, de que lo que necesitábamos era un abrazo y, por qué no, llorar por todo lo sufrido. Ahora me temo que es tarde, pero quiero equivocarme.

 

*Artículo publicado en La Voz del Sur

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