Frenesí

Frenesí

Últimamente me acuerdo mucho de cuando cosía. De las mañanas de verano yendo a clases de Corte y Confección en mi pueblo. Era un divertimento, una manera de entretenerme, de aprender algo útil y de dejar de pelearme con mi madre por los centímetros de largo que debía de tener la falda.

Ahora no pienso en la costura como hobby, sino como necesidad. El otro día una investigación de la BBC apuntaba a que refugiados sirios estaban siendo explotados en talleres turcos que cosen para grandes marcas como M&S, Asos, Zara o Mango. De nuevo, me asaltaba la misma pregunta: ¿dónde vamos a tener que comprarnos la ropa para asegurarnos de que no se está esclavizando a nadie durante su fabricación?

El año pasado por estas fechas tuve la oportunidad de asistir al primer encuentro de moda sostenible y reciclaje organizado en Madrid por Ecoembes, la MFShow y el Museo del Traje. Allí se planteó el siguiente interrogante: si la ropa fuese más cara, es decir, si se vendiera al precio real que costaría si se hiciera de acuerdo a un proceso de producción ético y sostenible, ¿compraríamos menos y mejor?

Según los expertos que participaron en varias de las mesas redondas de este encuentro, así debería de ser. Pero sólo hay que darse un paseo por cualquier calle comercial de este país para darse de bruces con la realidad. Aunque le reconozco a los H&M y Compañía que hayan servido para democratizar la moda, también les reprocho que nos hayan convertido en consumidores insaciables. En perfectas máquinas de comprar, usar y tirar en pro de unas tendencias que también son de quita y pon.

El gancho, los precios. Camisas a 10 euros, pantalones a 20 o abrigos por 30. ¿Quién puede resistirse a ir a la última? Casi nadie, pero ha llegado el momento de que ejerzamos nuestra responsabilidad como consumidores. ¿Alguien puede creer, sinceramente, que estos precios son lógicos? Ni siquiera digo justos. Quizás eso no valgan ni los materiales de los que están hechas las prendas, pero ahí están, dispuestas a seducirnos a golpe de cifras acabadas en “,99”  para hacernos aún más irresistible el proceso psicológico de la compra y el bienestar instantáneo que da llevarse una ganga a casa.

Campañas como esta de #FashionRevolution nos hicieron abrir los ojos y darnos cuenta de que no es lógico que una camiseta valga 2 euros.

Pero incluso para quien quiere comprar sabiendo lo que hay detrás de lo que se lleva a casa tampoco es fácil. Ni siquiera en aquellas jornadas sobre moda sostenible encontré a alguien que me dijese, sin titubear, si comprar una camiseta a 40 euros en Adolfo Dominguez —leáse cualquier otra tienda de precios medios-altos— te asegura que haya sido fabricada en mejores condiciones que una de 12 euros de Bershka o de 7 en Primark.

La lógica diría que sí, pero pocos —por no decir ninguno— se atreven a afirmarlo con rotundidad. Porque falta transparencia (sí, también en la moda). Muchas firmas siguen sin aclarar dónde compran y quiénes procesan sus materias primas y el etiquetado tampoco lo es todo en este sector. El Made in Spain, algo cada vez más buscado por los consumidores más concienciados con este tema, no asegura que el producto haya sido fabricado en España al cien por cien. Entre otras cosas, porque no hay ninguna normativa al respecto. Tampoco hay aún ninguna etiqueta o certificación que garantice que una prenda es total y absolutamente sostenible.

Ante este lamentable panorama global, la única salida que se me ocurre es, paradójicamente, la individual. La de pararnos a reflexionar sobre si realmente necesitamos cada prenda nueva que adquirimos. La de convertirnos en sujetos responsables de nuestros actos y sus consecuencias. La de poner fin a este frenesí consumista en el que nada es suficiente. La de rescatar la Singer de mi abuela, la tiza para los patrones y cambiar las tiendas de moda por las casas de telas y metros de doble de ancho. Porque, quizás a veces, no sea tan malo volver al pasado para poder seguir teniendo presente y futuro. Porque entre hacer y deshacer, todo es quehacer.

 

*Artículo publicado en La Voz del Sur

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