En el amor y el humor

En el amor y el humor

El sábado no fui de boda, pero sí testigo de un acto de amor. Olga Lucas, viuda de José Luis Sampedro, protagonizaba junto con otras lúcidas mujeres un sentido homenaje al escritor, economista, pensador y humanista en la Feria del Libro de Madrid con motivo del centenario de su nacimiento.

Repasaron su legado gracias a los adjetivos con los que sus lectores lo habían ido definido en redes sociales bajo el hashtag #100añosSampedro. Comprometido, inspirador, sabio, vividor, imprescindible… Todo cierto y justo para un personaje de semejante altura, pero andaría especialmente sensible que incluso lloré cuando la profesora de la Carlos III Ana Pellicer lo redujo todo a que Sampedro, simplemente, era un “hombre enamorado”.

De la vida, del oficio de escritor, sí, pero sobre todo de Olga, de la mujer con la que lo hacía todo desde que la conoció a sus 80 años. “La vida con él era como la natación sincronizada, no hacía falta ni hablar (…) Nunca hemos discutido, nos reíamos mucho, y si acaso nos enfadábamos por algo, lo solucionaba imitando el acento árabe que aprendió cuando era niño en Tánger. Y una vez que te has reído, ya no hay problema”, contó. Ella, que asume con estoicismo el estar pagando ahora, con su soledad, “la factura” de los 16 años de felicidad que vivió siendo su otro yo.

Me los imaginé sentados en un sofá, entre papeles, conversando sobre lo cotidiano, compartiendo confesiones, preparando clases y charlas. Mirándose, riéndose. Y pensé otra vez (llevo semanas si no meses dándole vueltas a esta idea) en lo bonito que sería que el amor nos afectase de manera inversa a como suele abatirnos.

Que sea en la plenitud de nuestras vidas cuando sintamos más pasión que nunca. Que sea en una tarde cualquiera, después de haber compartido los malos tragos que arrasan con todo, cuando encontremos la paz en los ojos brillosos y la sonrisa eterna del de enfrente. Que sea cuando flaqueen las fuerzas cuando un abrazo y una caricia nos produzca el orgasmo más placentero.  Que sea en la dureza de la vejez cuando encontremos toda comprensión. Que nos sigan pareciendo graciosas sus manías después de conocer todos sus recovecos. Que sea en las arrugas donde más hermosura apreciemos. Que cuando nos vayamos sea cuando parezca que nunca nos hemos ido.

Lo contrario son amores gaseosa, fugaces como la espuma que sube y baja, que no construyen sino ponen tabiques.

Quiero que sea en los inicios cuando no importe ser sinceros y duela, cuando haya que superar obstáculos, cuando no importe pelear y reconciliarse, cuando las mayores preocupaciones sean por otros, cuando la rutina nos invada, cuando aprendamos a querernos a nosotros mismos antes de ser nosotros.

Quizás así podamos descubrir, algún día, un amor sano y puro.

Sé de sobra que esto es lo que se denomina amor romántico, ese que nos inculcan para mantenernos entretenidos encontrando nuestra media naranja cuando, como bien me repite mi amigo Joaquín, todos somos naranjas perfectamente completas que un día deciden rodar juntas.

Será entonces que yo, que nunca he tenido miedo a enamorarme “hasta las trancas” que diría Gala, llevo días soñando que puede que no sea tan imposible hallar en medio de un risco un geranio que, igual que inspiró a Sampedro para escribir su ‘Balada al Agua’, me haga disfrutar de “una roja explosión, pero no del granate oscuro de la sangre sino del bermellón luminoso de la vida”

En el amor y el humor, hasta que la vida nos separe.

 

*Artículo publicado en La Voz del Sur

3 Comentarios

  1. Mucho amor; mucho, mucho amor. Pero quitémosle el barullo y la parafernalia de la literatura y dejemosle en un negocio honrado entre personas adultas; no importa el sexo ni el número. Imprescindible es, logocamente, el aderezo de la química, llamemosla pasión, deseo, sentimiento… ¿amor? Pero, vamos, sobre todo es curro… Eso es el amor.
    En q consiste el curro te lo cuento otro dia.

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  2. Hermoso texto, Ana

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    • Muchas gracias, Juan Luis.
      Te agradezco mucho el comentario 🙂

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