Abuela

Abuela

Hoy cumples 85 años, pero no lo sabes. Hace tanto que perdiste la noción del tiempo y de ti misma que ni siquiera soy capaz de saber cuándo me reconociste de verdad por última vez. Puede que hace meses, años quizás. Hoy cumples 85 años y es tan duro verte así que quiero que te vayas, que te despidas de nosotros para siempre, que descanses de una vez. Nunca pensaremos que no luchaste ni que te rendiste. Una mujer como tú –fuerte, alta, enérgica, de buen comer y mejor mirar– nunca se va sin más. Hoy cumples 85 años y me acuerdo de una de las últimas visitas que te hice a la residencia. Estabas nerviosa y, aunque tus palabras apenas se cuentan ya por decenas, no callabas. Que si la compra, que si la lavadora, que si los niños, que si el abuelo… Mi madre te escuchaba atentamente, y yo sólo podía pensar en cómo era posible que tú sólo recordaras tus obligaciones familiares. Pensé todo el día en ello y al final lo comprendí. No era tan difícil. Tu vida, como la de mi otra abuela y tantas y tantas otras mujeres en aquella época, era sólo eso: cuidar de los demás. Ni se me ocurriría juzgarte por ello, era lo que te tocó. Muy pocas de tu generación tuvieron la oportunidad de hacer otras cosas y hoy no puedo estar más que orgullosa de cómo afrontaste esta situación. Sin embargo, hoy cumples 85 años y no lo sabrás. El Parkinson no te deja leer, no te deja moverte, no te deja casi hablar. Ha hecho de ti...
Tú has sido mi maestro

Tú has sido mi maestro

Descubrí a Alejandro Sanz con 10 u 11 años. Una compañera de clase me grabó en una cinta su primer disco y hasta me fotocopió con esmero la foto de la carátula para que se pareciera lo más posible al original. Lo siento, Alejandro, en aquella época no tenía ni idea de qué era eso de los derechos de autor. Sólo sabía que me gustaba escucharte. Porque no sabiendo aún qué era un amor prohibido, ya me habías explicado lo difícil que era eso de enseñar a decir te quiero sin hablar. Ya ves, mi edad era difícil de llevar, una mezcla de pasión e ingenuidad, pero sólo con pensar en ir con el chico que me gustaba los dos cogidos de la mano (acariciándonos en cada rincón, por supuesto), ya creía que iba por la vida pisando fuerte. Sería la fuerza del corazón, esa que te lleva, que te empuja y que te llena, que te arrastra y que te acerca a Dios. Casi una obsesión. Luego llegaron los primeros desengaños. Sentirte sólo como un juguete entre sus brazos, darte cuenta de que viviendo tan deprisa la vida no se aprecia. Pero qué inocentes éramos aún cuando pasábamos los días deshojando margaritas y prometiéndonos no crecer. Cuando creíamos que, si había Dios, seguramente entendía de emoción. Gracias a eso, pudimos volver a compartir miradas con las luces apagadas, a comprobar que no es el mismo sol de ayer el que se esconde hoy, a robarle el alma al aire, a tener desnudos el alma y el cuerpo, a preguntarmos y si fuera ella. Pero, ay, amiga mía. Quién...
En el amor y el humor

En el amor y el humor

El sábado no fui de boda, pero sí testigo de un acto de amor. Olga Lucas, viuda de José Luis Sampedro, protagonizaba junto con otras lúcidas mujeres un sentido homenaje al escritor, economista, pensador y humanista en la Feria del Libro de Madrid con motivo del centenario de su nacimiento. Repasaron su legado gracias a los adjetivos con los que sus lectores lo habían ido definido en redes sociales bajo el hashtag #100añosSampedro. Comprometido, inspirador, sabio, vividor, imprescindible… Todo cierto y justo para un personaje de semejante altura, pero andaría especialmente sensible que incluso lloré cuando la profesora de la Carlos III Ana Pellicer lo redujo todo a que Sampedro, simplemente, era un “hombre enamorado”. De la vida, del oficio de escritor, sí, pero sobre todo de Olga, de la mujer con la que lo hacía todo desde que la conoció a sus 80 años. “La vida con él era como la natación sincronizada, no hacía falta ni hablar (…) Nunca hemos discutido, nos reíamos mucho, y si acaso nos enfadábamos por algo, lo solucionaba imitando el acento árabe que aprendió cuando era niño en Tánger. Y una vez que te has reído, ya no hay problema”, contó. Ella, que asume con estoicismo el estar pagando ahora, con su soledad, “la factura” de los 16 años de felicidad que vivió siendo su otro yo. Me los imaginé sentados en un sofá, entre papeles, conversando sobre lo cotidiano, compartiendo confesiones, preparando clases y charlas. Mirándose, riéndose. Y pensé otra vez (llevo semanas si no meses dándole vueltas a esta idea) en lo bonito que sería que el amor nos afectase...
Becarios, el precariado y la poca vergüenza

Becarios, el precariado y la poca vergüenza

Entre el desfile de cargos del PP camino de Soto del Real y la lucha fratricida en el PSOE, nuestras tragaderas están a rebosar. Pero se ve que tenemos para más. Por qué, si no, han desaparecido del debate público todas esas informaciones relacionadas con los becarios y que, más allá de salpicar a mediáticas estrellas Michelin (para uso y disfrute de los trolls), no han terminado en un debate profundo sobre las condiciones no sólo de quienes intentan acceder por primera vez al mercado laboral sino de todos los trabajadores que malviven con sueldos que no dan ni para lo más básico: techo y comida. Para qué, pensarán nuestros políticos. Si total, lo que a ellos les preocupa y ocupa es salvar sus respectivos culos en las próximas elecciones. Para ser justa, diré que tampoco he visto a los sindicatos especialmente indignados con el tema. Así nos va. Todos hemos sido becarios alguna vez en la vida. El problema no es que exista esa figura de aprendiz, stagier o como se quiera llamar. Bien regulado, ser becario puede ser una experiencia altamente satisfactoria tanto para el interesado como para la empresa. Lo grave es que esas becas se eternizan y se utilizan para suplir puestos de trabajo estructurales al tiempo que los empleos que se ofertan se asimilan, cada vez más, a unas prácticas mal pagadas. ¿En qué momento los becarios remunerados (sólo un 42% en España según el último informe de la Comisión Europea) se han convertido en un preciado objeto de deseo? ¿Cuándo un licenciado con Grado, Máster, 2 ó 3 idiomas y unos cuantos títulos...
(In)Coherencias

(In)Coherencias

Desde que pillaron a Ramón Espinar con las dos Coca-colas en el Senado llevo dándole vueltas a eso de la coherencia. Más bien, a la falta de ella. Y justo me da por escribir de todo esto ahora, después de 4 días disfrutando de la incoherencia más absoluta para una agnóstica confesa como yo: la Semana Santa de Sevilla (madrugá y avalanchas incluidas). Ya ven, me pueden dar tanta o más cera que a Espinar. Que no digo que no la merezcamos, sólo me pregunto si uno puede ser 100% coherente siempre, en cada palabra, en cada gesto, en cada uno de nuestros comportamientos, íntimos y sociales. Quizás sean decenas las cosas que hagamos a diario y que no están perfectamente alineadas con lo que defendemos pública y acaloradamente incluso en cuanto tenemos ocasión. Yo misma, que en los últimos años he huido de pasos y cofradías, he vuelto con gusto y regocijo a ver, oler y sentir una expresión cultural que, en mi humilde opinión (que me perdonen los católicos), va más allá de lo estrictamente religioso. Y, como yo, hay vegetarianos que no pueden resistirse al jamón de vez en cuando, empresarios a los que se les llena la boca defendiendo los derechos laborales de los trabajadores pero que después no aplican el convenio colectivo, hijos de vecino que critican a los políticos corruptos pero pagan en B al fontanero o supuestos feministas que luego no quieren que sus novias vayan con escote. Pero entonaré el mea culpa (será el efecto aún de las noches de penitencia): soy de las que dicen que no le gustan los...
A ellos

A ellos

Mientras siga existiendo violencia de género, mientras las mujeres cobremos menos que los hombres por el mismo trabajo y mientras siga existiendo el machismo, seguirá siendo necesario un día como hoy. Un Día Internacional de la Mujer, un día de reivindicación y denuncia, un día (sí, tan importante como cualquier otro) para alzar la voz contra los techos de cristal, para visibilizar las barreras que nos impiden alcanzar la igualdad real entre hombres y mujeres. No deja de ser curioso que cuando se han reivindicado históricamente los derechos de los negros o los homosexuales no se ha necesitado ser negro o gay para hacerlo. Sin embargo, todavía hay quienes piensan que sólo a las mujeres nos debe ocupar esta tarea. Y claro, ¡así nos va! Solas nunca podremos hacerlo. Por eso quiero reconocer también hoy a todos los hombres que defienden esta ansiada (y todavía lejana) igualdad real, a los que no nos ven como una amenaza, ni como objetos, ni como seres inferiores, ni como propiedades intransferibles. Y que lo hacen en su día a día predicando con el ejemplo, compartiendo responsabilidades en el hogar y en la sociedad, involucrándose en los cuidados familiares, defendiendo condiciones igualitarias en los trabajos. Aún conozco a pocos que se reivindiquen como feministas (aunque los hay), pero observo con esperanza cómo a mi alrededor cada vez hay más hombres comprometidos con esta causa tan justa como necesaria. Y no hablo de fregar los platos, hacer la colada o llevar a los niños al colegio, que lo doy por hecho. Me refiero a algo más profundo. A esos hombres que se preocupan por...

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