!Ay, Cai de mi arma!

!Ay, Cai de mi arma!

[Martes 13. 18,58 horas en algún lugar indeterminado entre Cádiz y Sevilla y con ganas de matar a una señora de León que lleva hablando por el móvil desde que cogimos el tren y salimos de la Bahía caminito de Madrid.  Cansancio máximo, cerebro en ebullición…] Acabo de pintarraquear cuatro medias cuartillas intentando describir lo que he vivido en las últimas 72 horas. Imposible. Entre la señora del teléfono y mi espesura mental, no doy pie con bola. Llevo ya más de hora y media intentando escribir algo decente sobre mi primera vez en el Carnaval de Cádiz y enseguida pienso en cuántos no lo han hecho ya y qué leches le importa a nadie lo que una sevillana venida desde Madrid haya podido sentir por sus calles y con su gente. Tópico tras tópico, mito tras mito. !Vaya mierda, carajo! Me han dado ganas de dejar este artículo a medias, como el pasodoble que le escuché anoche a ‘Los Caminantes Blancos’ en la peña Flamenkito Apaleao. Total, ni que tuviera yo la gracia de ‘Las Guerreras de la Tribu del Totem Gordo’ o el doble sentido de la chirigota del Airon y sus Susceptibles. Mira, muchacha, tú a lo tuyo que el Carnaval de Cadi-Cadi es para quien lo entiende. A ver si te vas a creer que porque no te hayas ofendido con las letras de las coplas, se te hayan puesto los vellitos de punta escuchando algún coro y te hayas aprendido unos cuantos estribillos, ya tienes máster y matrícula de honor en esto de la calle. Si acaso, en el Mari TaPaz y porque ella es...
Yo también pude ser Diana Quer

Yo también pude ser Diana Quer

Perdónenme el titular: no es que quiera ser la niña en el bautizo, la novia en la boda y la muerta en el entierro. Sólo es que yo, como la mayoría de mis amigas, también he vuelto sola a mi casa a las 2 de la mañana y no siempre por una calle bien iluminada o llena de gente. De hecho, la discoteca de verano de mi pueblo estaba como a 1 kilómetro de distancia y alguna que otra vez íbamos andando por el peligrosísimo arcén de la carretera o, lo que era peor aún, por el carril oscuro que había en medio de un olivar desierto en lugar de coger el autobús gratuito que te dejaba directamente en la puerta del local. Lo hice con 15 años, con 20 y ahora con 34 también regreso sola a mi apartamento alguna noche. Incluso me he subido en algún coche que quizás no debería porque, como dice la canción de Mecano, los amigos de mis amigos son mis amigos. También he ido a fiestas y ferias variadas, he bebido litros de calimocho como si no hubiera un mañana y he bailado en una barra sintiéndome la protagonista del ‘Bar Coyote’. Y no por ello me he buscado nada. Si no me he llevado aún un susto ni he sufrido ninguna desgracia es porque he tenido la fortuna de no cruzarme hasta el momento con ningún hombre malo. Los llamo así porque no quiero rebajarlos a la categoría de locos o enfermos mentales, los cuales, se merecen todo mi respeto como cualquier otra persona con un problema de salud. Estos hombres malos...
Domingos detox

Domingos detox

No sólo los niños y los borrachos dicen la verdad. También los resacosos porque, aunque el cuerpo no responda, la mente aún anda en esa nebulosa entre el placer y el dolor, la certeza y la desmemoria, la realidad y la ficción. Y en este domingo de manual, me ha dado por ponerme en plan detox. No me refiero a los litros de infusiones y kilos de piña que llevo encima para eliminar los excesos del fin de semana, sino a algo mucho más básico y liberador: escribir de una de las cosas que más me interesan en estos momentos de mi vida. Los tíos. Es una frivolidad, lo sé, pero resulta que es de lo que más hablo con mis amigas cuando nos juntamos cual aquelarre, vermús, vinos, cañas y gin tonics mediante. Los debates sobre Cataluña y toda la cortina de humo que se esconde detrás del patriotismo de pacotilla, lo dejamos para los días entre semana. Así que blanco y en botella ¿De qué hablamos ayer? Sí, de vosotros y de vuestros pitos entre otras muchas cosas, pero como sabemos que vuestros miembros son algo cuasi sagrado, vaya por delante la aclaración. El caso es que, después de mucho debatir, llegamos a la conclusión de que necesitábais algo de ayuda, que os vemos muy perdidos. Y ya que en cualquier periódico o revista hay cientos de artículos con recomendaciones para que nosotras seamos más guapas (que no más listas), más jóvenes (que no más sanas) y más apetecibles (que no más interesantes), aquí una inconsciente en estado catatónico que se atreve a redactar un decálogo con algún...
Pongamos que hablo de…

Pongamos que hablo de…

Escribo este post casi por obligada por las circunstancias. Aunque si me pongo trascendental, diría que por una extraña conjunción de astros que ha tenido lugar este fin de semana y que no me ha dejado más salida. Todo eran señales. Así que después de un mes resistiéndome, aquí estoy dispuesta a divagar sobre Cataluña. Digo divagar porque intentaré que no me pueda la pasión ni la sinrazón y porque, como en otros muchos asuntos, no tengo propósito alguno de sentar cátedra ni me siento en posesión de la verdad absoluta. Pongamos que hablo, únicamente, de lo que he vivido estos días atrás. Cuando los independentistas empezaron a tensar la cuerda ante el inmovilismo de Rajoy, la menda lerenda se fue a un concierto de Manel (grupo catalán, para quien no lo sepa) durante las fiestas de la Melonera en Madrid. Aparte de para disfrutar de lo que más me gusta en el mundo (¡viva el ambiente verbenero!), para ver si se liaba. Pero nada, todo un remanso de paz y convivencia entre madrileños, catalanes y todos los forasteros que vivimos en la capital tarareando ‘I em puja la serotonina’. Ni siquiera los castellers que hicieron acto de presencia provocaron el más mínimo rechazo. Aplausos y vítores, por lo que mi esperanza de que todo se solucionaría antes de ese intento ilegal de referéndum y de que no llegaría el anunciado choque de trenes aún estaba intacta. “Mira que eres ingenua, Anita”, que me diría mi madre. El caso es que hasta el 1-0 no fui plenamente consciente de lo que estaba pasando. Las imágenes de las cargas policiales,...
Juan, así no

Juan, así no

Juan, así no. Así no se trata a una compañera de trabajo, por más que aleguéis que lo habíais pactado y que todo es una broma. En su caso, (confiando en que de verdad estaba preparado), se trata de una broma que no hace ni puta gracia. Y no sólo porque esté fuera de toda lógica que en un programa de televisión en directo un hombre se ponga sin razón alguna a cortarle la falda a la presentadora sino porque, al igual que defiendes que tu programa tiene un marcado componente “social” por buscarle pareja o compañía a la gente de la tercera edad que se siente sola, deberías haber pensado en la responsabilidad que tienes con tu audiencia como personaje público que eres. Juan, no voy a criticarte como empresario ni hombre de éxito en televisión. Sé de sobra que eres una persona inteligente en los negocios y que los colegas que trabajan contigo (entre ellos, muchas mujeres) están contentos porque sus condiciones laborales son dignas. Pero permíteme, Juan, que te afee el sinsentido del otro día. ¿A qué venía? “Te corto por haber bailado tanto”, le dices. ¿Perdona? Ah, claro, que bailar es una actividad en la que uno puede dar rienda suelta a todo su ser y expresarse como le viene en gana y, claro, eso no está permitido supongo, ¿no? Tras visualizar varias veces la escena, me percato de que no sólo te conviertes en un presentador que acosa a su compañera, sino que, además, la ridiculizas y la reduces a unas piernas y un culo que, obviamente, crees que ella debe de enseñar. ¿Para...
Abuela

Abuela

Hoy cumples 85 años, pero no lo sabes. Hace tanto que perdiste la noción del tiempo y de ti misma que ni siquiera soy capaz de saber cuándo me reconociste de verdad por última vez. Puede que hace meses, años quizás. Hoy cumples 85 años y es tan duro verte así que quiero que te vayas, que te despidas de nosotros para siempre, que descanses de una vez. Nunca pensaremos que no luchaste ni que te rendiste. Una mujer como tú –fuerte, alta, enérgica, de buen comer y mejor mirar– nunca se va sin más. Hoy cumples 85 años y me acuerdo de una de las últimas visitas que te hice a la residencia. Estabas nerviosa y, aunque tus palabras apenas se cuentan ya por decenas, no callabas. Que si la compra, que si la lavadora, que si los niños, que si el abuelo… Mi madre te escuchaba atentamente, y yo sólo podía pensar en cómo era posible que tú sólo recordaras tus obligaciones familiares. Pensé todo el día en ello y al final lo comprendí. No era tan difícil. Tu vida, como la de mi otra abuela y tantas y tantas otras mujeres en aquella época, era sólo eso: cuidar de los demás. Ni se me ocurriría juzgarte por ello, era lo que te tocó. Muy pocas de tu generación tuvieron la oportunidad de hacer otras cosas y hoy no puedo estar más que orgullosa de cómo afrontaste esta situación. Sin embargo, hoy cumples 85 años y no lo sabrás. El Parkinson no te deja leer, no te deja moverte, no te deja casi hablar. Ha hecho de ti...

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