Domingos detox

Domingos detox

No sólo los niños y los borrachos dicen la verdad. También los resacosos porque, aunque el cuerpo no responda, la mente aún anda en esa nebulosa entre el placer y el dolor, la certeza y la desmemoria, la realidad y la ficción. Y en este domingo de manual, me ha dado por ponerme en plan detox. No me refiero a los litros de infusiones y kilos de piña que llevo encima para eliminar los excesos del fin de semana, sino a algo mucho más básico y liberador: escribir de una de las cosas que más me interesan en estos momentos de mi vida. Los tíos. Es una frivolidad, lo sé, pero resulta que es de lo que más hablo con mis amigas cuando nos juntamos cual aquelarre, vermús, vinos, cañas y gin tonics mediante. Los debates sobre Cataluña y toda la cortina de humo que se esconde detrás del patriotismo de pacotilla, lo dejamos para los días entre semana. Así que blanco y en botella ¿De qué hablamos ayer? Sí, de vosotros y de vuestros pitos entre otras muchas cosas, pero como sabemos que vuestros miembros son algo cuasi sagrado, vaya por delante la aclaración. El caso es que, después de mucho debatir, llegamos a la conclusión de que necesitábais algo de ayuda, que os vemos muy perdidos. Y ya que en cualquier periódico o revista hay cientos de artículos con recomendaciones para que nosotras seamos más guapas (que no más listas), más jóvenes (que no más sanas) y más apetecibles (que no más interesantes), aquí una inconsciente en estado catatónico que se atreve a redactar un decálogo con algún...
Pongamos que hablo de…

Pongamos que hablo de…

Escribo este post casi por obligada por las circunstancias. Aunque si me pongo trascendental, diría que por una extraña conjunción de astros que ha tenido lugar este fin de semana y que no me ha dejado más salida. Todo eran señales. Así que después de un mes resistiéndome, aquí estoy dispuesta a divagar sobre Cataluña. Digo divagar porque intentaré que no me pueda la pasión ni la sinrazón y porque, como en otros muchos asuntos, no tengo propósito alguno de sentar cátedra ni me siento en posesión de la verdad absoluta. Pongamos que hablo, únicamente, de lo que he vivido estos días atrás. Cuando los independentistas empezaron a tensar la cuerda ante el inmovilismo de Rajoy, la menda lerenda se fue a un concierto de Manel (grupo catalán, para quien no lo sepa) durante las fiestas de la Melonera en Madrid. Aparte de para disfrutar de lo que más me gusta en el mundo (¡viva el ambiente verbenero!), para ver si se liaba. Pero nada, todo un remanso de paz y convivencia entre madrileños, catalanes y todos los forasteros que vivimos en la capital tarareando ‘I em puja la serotonina’. Ni siquiera los castellers que hicieron acto de presencia provocaron el más mínimo rechazo. Aplausos y vítores, por lo que mi esperanza de que todo se solucionaría antes de ese intento ilegal de referéndum y de que no llegaría el anunciado choque de trenes aún estaba intacta. “Mira que eres ingenua, Anita”, que me diría mi madre. El caso es que hasta el 1-0 no fui plenamente consciente de lo que estaba pasando. Las imágenes de las cargas policiales,...
Juan, así no

Juan, así no

Juan, así no. Así no se trata a una compañera de trabajo, por más que aleguéis que lo habíais pactado y que todo es una broma. En su caso, (confiando en que de verdad estaba preparado), se trata de una broma que no hace ni puta gracia. Y no sólo porque esté fuera de toda lógica que en un programa de televisión en directo un hombre se ponga sin razón alguna a cortarle la falda a la presentadora sino porque, al igual que defiendes que tu programa tiene un marcado componente “social” por buscarle pareja o compañía a la gente de la tercera edad que se siente sola, deberías haber pensado en la responsabilidad que tienes con tu audiencia como personaje público que eres. Juan, no voy a criticarte como empresario ni hombre de éxito en televisión. Sé de sobra que eres una persona inteligente en los negocios y que los colegas que trabajan contigo (entre ellos, muchas mujeres) están contentos porque sus condiciones laborales son dignas. Pero permíteme, Juan, que te afee el sinsentido del otro día. ¿A qué venía? “Te corto por haber bailado tanto”, le dices. ¿Perdona? Ah, claro, que bailar es una actividad en la que uno puede dar rienda suelta a todo su ser y expresarse como le viene en gana y, claro, eso no está permitido supongo, ¿no? Tras visualizar varias veces la escena, me percato de que no sólo te conviertes en un presentador que acosa a su compañera, sino que, además, la ridiculizas y la reduces a unas piernas y un culo que, obviamente, crees que ella debe de enseñar. ¿Para...
Abuela

Abuela

Hoy cumples 85 años, pero no lo sabes. Hace tanto que perdiste la noción del tiempo y de ti misma que ni siquiera soy capaz de saber cuándo me reconociste de verdad por última vez. Puede que hace meses, años quizás. Hoy cumples 85 años y es tan duro verte así que quiero que te vayas, que te despidas de nosotros para siempre, que descanses de una vez. Nunca pensaremos que no luchaste ni que te rendiste. Una mujer como tú –fuerte, alta, enérgica, de buen comer y mejor mirar– nunca se va sin más. Hoy cumples 85 años y me acuerdo de una de las últimas visitas que te hice a la residencia. Estabas nerviosa y, aunque tus palabras apenas se cuentan ya por decenas, no callabas. Que si la compra, que si la lavadora, que si los niños, que si el abuelo… Mi madre te escuchaba atentamente, y yo sólo podía pensar en cómo era posible que tú sólo recordaras tus obligaciones familiares. Pensé todo el día en ello y al final lo comprendí. No era tan difícil. Tu vida, como la de mi otra abuela y tantas y tantas otras mujeres en aquella época, era sólo eso: cuidar de los demás. Ni se me ocurriría juzgarte por ello, era lo que te tocó. Muy pocas de tu generación tuvieron la oportunidad de hacer otras cosas y hoy no puedo estar más que orgullosa de cómo afrontaste esta situación. Sin embargo, hoy cumples 85 años y no lo sabrás. El Parkinson no te deja leer, no te deja moverte, no te deja casi hablar. Ha hecho de ti...
Tú has sido mi maestro

Tú has sido mi maestro

Descubrí a Alejandro Sanz con 10 u 11 años. Una compañera de clase me grabó en una cinta su primer disco y hasta me fotocopió con esmero la foto de la carátula para que se pareciera lo más posible al original. Lo siento, Alejandro, en aquella época no tenía ni idea de qué era eso de los derechos de autor. Sólo sabía que me gustaba escucharte. Porque no sabiendo aún qué era un amor prohibido, ya me habías explicado lo difícil que era eso de enseñar a decir te quiero sin hablar. Ya ves, mi edad era difícil de llevar, una mezcla de pasión e ingenuidad, pero sólo con pensar en ir con el chico que me gustaba los dos cogidos de la mano (acariciándonos en cada rincón, por supuesto), ya creía que iba por la vida pisando fuerte. Sería la fuerza del corazón, esa que te lleva, que te empuja y que te llena, que te arrastra y que te acerca a Dios. Casi una obsesión. Luego llegaron los primeros desengaños. Sentirte sólo como un juguete entre sus brazos, darte cuenta de que viviendo tan deprisa la vida no se aprecia. Pero qué inocentes éramos aún cuando pasábamos los días deshojando margaritas y prometiéndonos no crecer. Cuando creíamos que, si había Dios, seguramente entendía de emoción. Gracias a eso, pudimos volver a compartir miradas con las luces apagadas, a comprobar que no es el mismo sol de ayer el que se esconde hoy, a robarle el alma al aire, a tener desnudos el alma y el cuerpo, a preguntarmos y si fuera ella. Pero, ay, amiga mía. Quién...
En el amor y el humor

En el amor y el humor

El sábado no fui de boda, pero sí testigo de un acto de amor. Olga Lucas, viuda de José Luis Sampedro, protagonizaba junto con otras lúcidas mujeres un sentido homenaje al escritor, economista, pensador y humanista en la Feria del Libro de Madrid con motivo del centenario de su nacimiento. Repasaron su legado gracias a los adjetivos con los que sus lectores lo habían ido definido en redes sociales bajo el hashtag #100añosSampedro. Comprometido, inspirador, sabio, vividor, imprescindible… Todo cierto y justo para un personaje de semejante altura, pero andaría especialmente sensible que incluso lloré cuando la profesora de la Carlos III Ana Pellicer lo redujo todo a que Sampedro, simplemente, era un “hombre enamorado”. De la vida, del oficio de escritor, sí, pero sobre todo de Olga, de la mujer con la que lo hacía todo desde que la conoció a sus 80 años. “La vida con él era como la natación sincronizada, no hacía falta ni hablar (…) Nunca hemos discutido, nos reíamos mucho, y si acaso nos enfadábamos por algo, lo solucionaba imitando el acento árabe que aprendió cuando era niño en Tánger. Y una vez que te has reído, ya no hay problema”, contó. Ella, que asume con estoicismo el estar pagando ahora, con su soledad, “la factura” de los 16 años de felicidad que vivió siendo su otro yo. Me los imaginé sentados en un sofá, entre papeles, conversando sobre lo cotidiano, compartiendo confesiones, preparando clases y charlas. Mirándose, riéndose. Y pensé otra vez (llevo semanas si no meses dándole vueltas a esta idea) en lo bonito que sería que el amor nos afectase...

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