Pongamos que hablo de…

Pongamos que hablo de…

Escribo este post casi por obligada por las circunstancias. Aunque si me pongo trascendental, diría que por una extraña conjunción de astros que ha tenido lugar este fin de semana y que no me ha dejado más salida. Todo eran señales. Así que después de un mes resistiéndome, aquí estoy dispuesta a divagar sobre Cataluña. Digo divagar porque intentaré que no me pueda la pasión ni la sinrazón y porque, como en otros muchos asuntos, no tengo propósito alguno de sentar cátedra ni me siento en posesión de la verdad absoluta. Pongamos que hablo, únicamente, de lo que he vivido estos días atrás. Cuando los independentistas empezaron a tensar la cuerda ante el inmovilismo de Rajoy, la menda lerenda se fue a un concierto de Manel (grupo catalán, para quien no lo sepa) durante las fiestas de la Melonera en Madrid. Aparte de para disfrutar de lo que más me gusta en el mundo (¡viva el ambiente verbenero!), para ver si se liaba. Pero nada, todo un remanso de paz y convivencia entre madrileños, catalanes y todos los forasteros que vivimos en la capital tarareando ‘I em puja la serotonina’. Ni siquiera los castellers que hicieron acto de presencia provocaron el más mínimo rechazo. Aplausos y vítores, por lo que mi esperanza de que todo se solucionaría antes de ese intento ilegal de referéndum y de que no llegaría el anunciado choque de trenes aún estaba intacta. “Mira que eres ingenua, Anita”, que me diría mi madre. El caso es que hasta el 1-0 no fui plenamente consciente de lo que estaba pasando. Las imágenes de las cargas policiales,...

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