Tú has sido mi maestro

Tú has sido mi maestro

Descubrí a Alejandro Sanz con 10 u 11 años. Una compañera de clase me grabó en una cinta su primer disco y hasta me fotocopió con esmero la foto de la carátula para que se pareciera lo más posible al original. Lo siento, Alejandro, en aquella época no tenía ni idea de qué era eso de los derechos de autor. Sólo sabía que me gustaba escucharte. Porque no sabiendo aún qué era un amor prohibido, ya me habías explicado lo difícil que era eso de enseñar a decir te quiero sin hablar. Ya ves, mi edad era difícil de llevar, una mezcla de pasión e ingenuidad, pero sólo con pensar en ir con el chico que me gustaba los dos cogidos de la mano (acariciándonos en cada rincón, por supuesto), ya creía que iba por la vida pisando fuerte. Sería la fuerza del corazón, esa que te lleva, que te empuja y que te llena, que te arrastra y que te acerca a Dios. Casi una obsesión. Luego llegaron los primeros desengaños. Sentirte sólo como un juguete entre sus brazos, darte cuenta de que viviendo tan deprisa la vida no se aprecia. Pero qué inocentes éramos aún cuando pasábamos los días deshojando margaritas y prometiéndonos no crecer. Cuando creíamos que, si había Dios, seguramente entendía de emoción. Gracias a eso, pudimos volver a compartir miradas con las luces apagadas, a comprobar que no es el mismo sol de ayer el que se esconde hoy, a robarle el alma al aire, a tener desnudos el alma y el cuerpo, a preguntarmos y si fuera ella. Pero, ay, amiga mía. Quién...
En el amor y el humor

En el amor y el humor

El sábado no fui de boda, pero sí testigo de un acto de amor. Olga Lucas, viuda de José Luis Sampedro, protagonizaba junto con otras lúcidas mujeres un sentido homenaje al escritor, economista, pensador y humanista en la Feria del Libro de Madrid con motivo del centenario de su nacimiento. Repasaron su legado gracias a los adjetivos con los que sus lectores lo habían ido definido en redes sociales bajo el hashtag #100añosSampedro. Comprometido, inspirador, sabio, vividor, imprescindible… Todo cierto y justo para un personaje de semejante altura, pero andaría especialmente sensible que incluso lloré cuando la profesora de la Carlos III Ana Pellicer lo redujo todo a que Sampedro, simplemente, era un “hombre enamorado”. De la vida, del oficio de escritor, sí, pero sobre todo de Olga, de la mujer con la que lo hacía todo desde que la conoció a sus 80 años. “La vida con él era como la natación sincronizada, no hacía falta ni hablar (…) Nunca hemos discutido, nos reíamos mucho, y si acaso nos enfadábamos por algo, lo solucionaba imitando el acento árabe que aprendió cuando era niño en Tánger. Y una vez que te has reído, ya no hay problema”, contó. Ella, que asume con estoicismo el estar pagando ahora, con su soledad, “la factura” de los 16 años de felicidad que vivió siendo su otro yo. Me los imaginé sentados en un sofá, entre papeles, conversando sobre lo cotidiano, compartiendo confesiones, preparando clases y charlas. Mirándose, riéndose. Y pensé otra vez (llevo semanas si no meses dándole vueltas a esta idea) en lo bonito que sería que el amor nos afectase...

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