Becarios, el precariado y la poca vergüenza

Becarios, el precariado y la poca vergüenza

Entre el desfile de cargos del PP camino de Soto del Real y la lucha fratricida en el PSOE, nuestras tragaderas están a rebosar. Pero se ve que tenemos para más. Por qué, si no, han desaparecido del debate público todas esas informaciones relacionadas con los becarios y que, más allá de salpicar a mediáticas estrellas Michelin (para uso y disfrute de los trolls), no han terminado en un debate profundo sobre las condiciones no sólo de quienes intentan acceder por primera vez al mercado laboral sino de todos los trabajadores que malviven con sueldos que no dan ni para lo más básico: techo y comida. Para qué, pensarán nuestros políticos. Si total, lo que a ellos les preocupa y ocupa es salvar sus respectivos culos en las próximas elecciones. Para ser justa, diré que tampoco he visto a los sindicatos especialmente indignados con el tema. Así nos va. Todos hemos sido becarios alguna vez en la vida. El problema no es que exista esa figura de aprendiz, stagier o como se quiera llamar. Bien regulado, ser becario puede ser una experiencia altamente satisfactoria tanto para el interesado como para la empresa. Lo grave es que esas becas se eternizan y se utilizan para suplir puestos de trabajo estructurales al tiempo que los empleos que se ofertan se asimilan, cada vez más, a unas prácticas mal pagadas. ¿En qué momento los becarios remunerados (sólo un 42% en España según el último informe de la Comisión Europea) se han convertido en un preciado objeto de deseo? ¿Cuándo un licenciado con Grado, Máster, 2 ó 3 idiomas y unos cuantos títulos...

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