(In)Coherencias

(In)Coherencias

Desde que pillaron a Ramón Espinar con las dos Coca-colas en el Senado llevo dándole vueltas a eso de la coherencia. Más bien, a la falta de ella. Y justo me da por escribir de todo esto ahora, después de 4 días disfrutando de la incoherencia más absoluta para una agnóstica confesa como yo: la Semana Santa de Sevilla (madrugá y avalanchas incluidas). Ya ven, me pueden dar tanta o más cera que a Espinar. Que no digo que no la merezcamos, sólo me pregunto si uno puede ser 100% coherente siempre, en cada palabra, en cada gesto, en cada uno de nuestros comportamientos, íntimos y sociales. Quizás sean decenas las cosas que hagamos a diario y que no están perfectamente alineadas con lo que defendemos pública y acaloradamente incluso en cuanto tenemos ocasión. Yo misma, que en los últimos años he huido de pasos y cofradías, he vuelto con gusto y regocijo a ver, oler y sentir una expresión cultural que, en mi humilde opinión (que me perdonen los católicos), va más allá de lo estrictamente religioso. Y, como yo, hay vegetarianos que no pueden resistirse al jamón de vez en cuando, empresarios a los que se les llena la boca defendiendo los derechos laborales de los trabajadores pero que después no aplican el convenio colectivo, hijos de vecino que critican a los políticos corruptos pero pagan en B al fontanero o supuestos feministas que luego no quieren que sus novias vayan con escote. Pero entonaré el mea culpa (será el efecto aún de las noches de penitencia): soy de las que dicen que no le gustan los...

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