Pídeme y te pediré

Pídeme y te pediré

En 2017 no quiero apuntarme al gimnasio, ni mejorar mi inglés ni obligarme a leer más libros. Todos estos propósitos ya los apunté en alguna lista y seguramente los dejé aparcados en cuanto empezaron a asomar los primeros rayos de la primavera. Este año seré práctica. Voy a aprender a PEDIR. Lo digo en serio. Nos enseñan a dar sin esperar nada a cambio, a entregarnos en cuerpo y alma y a poner la otra mejilla (cosas de la tradición judeocristiana, como la sempiterna culpa), pero rara vez nos explican que, si queremos algo de los demás, hay que pedirlo. Pero, claro, eso es de egoístas, de carotas. Está feo, ¿no dicen eso? Pedir, sin embargo, es un acto totalmente necesario. Más si cabe en estos tiempos de prisas e individualismos. Pero hay que hacerlo bien, sin exigencias, sin ambigüedades, sin chantajes de por medio. Y, obviamente, siendo realistas (los milagros los dejamos para otro momento aunque estemos en Navidad). No se trata de pedir por pedir, sino de pedir en conciencia, con responsabilidad, sabiendo que hoy soy yo quien pide y mañana al que pedirán. Yo, que siempre he sido más de dar que de pedir, no había caído en la cuenta de esto hasta hace relativamente poco. Un día, hablando con una amiga sobre la frustración que me generaba que la gente no entendiera los mensajes subliminales que iba dejando caer, me dijo muy seria: “La gente no es adivina. No pueden averiguar lo que quieres por ciencia infusa”. Tan breve y directa que me dejó pasmada. !Tenía razón! Entendí entonces uno de los mecanismos básicos de...

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